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El cuarto de urgencias.

01 diciembre 2016

El cuarto de urgencias.

Cuando llegué al cuarto de urgencias del Seguro Social el lunes aquel, dado que hospitalizaron a mi madre por un sangrado, primero sentí algo de zozobra no sólo por la salud de ella al no saber el motivo de dicho sangrado, sino por lo que vi y sentí apenas llegué allí: dolor y desesperación, poco personal frente a tanto paciente, un sitio envuelto en dolor en donde no cabía ya el bendito alfiler.

Luego, al pasar los días, experimenté otras sensaciones más positivas, y comprobé que finalmente, y en cualquier lugar y situación, siempre aflora lo mejor de muchas personas, y siempre surge la luz. A continuación lo que hemos pasado durante esos días; al final de cuentas, si bien estuve preocupado y pendiente por la salud de mi madre, también me he llenado de más esperanzas por la actitud de quienes han compartido conmigo y con ella, estos duros momentos. Personas desconocidas que sin saberlo, nos irradiaron sonrisas y algo de paz tan necesitada.

No hay espacio para otra camilla, tanto los cuartos como los pasillos del área de urgencias del hospital están copados. Los doctores, enfermeras, auxiliares de enfermería, administrativos, no dan abasto. Llegan más y más enfermos, adoloridos y desesperados, y les toca esperar a que sean atendidos. Los familiares molestos por la lentitud que se ve y se siente, reclaman por una atención digna y rápida, porque pueden estar en peligro sus familiares enfermos. Por supuesto, hay algún trabajador de la salud que se torna grosero e insensible, sólo pensando en que él puede controlar quiénes entran y quiénes no, siente poder y le gusta. Muchos de los pacientes no están en cuartos, como comenté están en pasillos, y todo el que pasa los ve; se sienten incómodos desprovistos de privacidad. Algunos gritan de dolor. Además, ¡calor! El aire no funciona bien. Y no sólo hay enfermos dentro, también los hay fuera del cuarto de urgencias, esperando a ser atendidos, doblegados de dolor muchos, asustados otros; hay un ambiente de sufrimiento, por lo menos es lo que sentí cuando llegamos allí.

Hasta aquí hubo un aire de desasosiego, pena y algo de depresión. Sin embargo, pude distinguir algunos signos y muestras de amor y luz que me hacen sentirme consciente de que aún en medio de tanta contrariedad, hay sonrisas y gente que ama. Entonces empecé a ver otra realidad.

Vi gente que trabaja con las uñas, poniendo ganas en hacerlo lo mejor posible, aguantando las críticas de no poder atender con rapidez a cada paciente porque no les alcanzaba el tiempo, eran demasiados pacientes para cada doctor, enfermera, auxiliar. Sin embargo, los vi animados, hablándole de buena forma a los familiares, dando la cara por las ineficiencias administrativas y falta de medicamentos, de lo cual ellos no tenían culpa alguna aunque se sentían responsables; y aún a pesar del calor, la carrera, tanto trabajo, tantas personas que ver, tanto cuidado que tener, ¡sonreían! Y se preocupaban de cuidar lo mejor posible las vidas que dependían de ellos. Observé gente con humanidad, que a pesar de casi no dormir, ponían su mejor empeño. Muchos, la mayoría, lo hacían más allá del dinero que cobran, se notaba, queriendo lo mejor para quienes estaban padeciendo en urgencias.

En el caso de mi madre, vi auxiliares dándole comida con una sonrisa, dándole ánimos, un doctor pendiente de su brazo, de sus pulmones, mandándole nuevos exámenes, una enfermera atenta a sus venas. Voluntarias de la salud, pasando a dar apoyo a tanta gente hospitalizada.

Por otro lado, los familiares. Cuántos de ellos sin dormir, dejando a un lado su día a día y sus compromisos, por volcarse al cuidado de quienes aman. Cuántos de ellos viviendo lejos, sin dinero, con preocupaciones internas, todo dejado a un lado por el bienestar de alguien más. Aquí pude palpar la verdadera naturaleza humana, la básica: el amor por los demás.

¿Y qué hay de la hermandad entre desconocidos? A pesar de las situaciones, las preocupaciones, vi a las personas que se despojaban un rato de su problema para tratar de dar luz, paz, apoyo a otros que estaban quizás más desesperados y críticos que ellos. Vi a mi hermana ayudando a enfermos no conocidos, a personas que sin ser amigos, cada mañana nos preguntaban por nuestra madre, y se alegraban de corazón por sus avances.

Lastimosamente, vivimos más enfocados en las noticias y emociones negativas, que en lo que realmente sucede muchas veces. Yo he podido entender que pese a todas las contrariedades y limitaciones físicas que pueda haber en este cuarto de urgencias, hay personas, seres con almas, que tratan cada día de hacer su labor lo mejor posible, tratan de mejorar la calidad de vida de personas con mucho sufrimiento físico, depresiones, desesperanza; saben que con un buen gesto, cordialidad, pueden hacer la diferencia en alguien que sólo ve sombras, pueden darles una mano para poder ver algo de luz.

A todas estas personas, trabajadores del cuarto de urgencias, nuestro profundo agradecimiento, porque fuimos testigos del buen trato, lo positivo, la buena atención. Nuestra madre salió mejor que como entró, en mucho por cada doctor, enfermera, auxiliar, que la atendió, con calidad de trato, jovialidad y ben ánimo. Y aunque siguen habiendo mucho más enfermos que trabajadores, salimos agradecidos de sus sonrisas para con nuestra madre.

Dios los bendiga.

Panamá, 2016.

 

 

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